PECES EN EL AGUA

Se presentó nuestro libro en el Aula de Cultura y el acto estuvo muy bien, lleno total. Quiero compartir mi colaboración en este libro, el relato se titula LA PLANTA 17.

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La planta 17

Begoña Ripalda Amuriza

 

El  perfume de Toñita, que ni la ves porque está al otro lado de la pared del cubículo (cubículo, ¡qué palabra!), que si quisierais os podríais poner de pie y decir cu-cu por encima del murete de pladur, pero nunca lo hacéis, pues el perfume, digo, te llega como una nube asfixiante de aromas de almizcle y madera rancia y en ese momento se te hace que en un puerto cercano acaban de descargar una mercancía polvorienta y pesada, serrín húmedo quizá, y que allí no se puede respirar.

Toñita.

Toñita es una presencia continua, a veces tararea con su voz en falsete cosas como “Cucuruchito de maní” o “La chica de Ipanema”, que vete a saber  de que siglo sale esta mujer, tú te pones los cascos del ordenador y aún así la oyes nítida “con su balanceo… camino del mar”.

En la planta 17 Toñita parece feliz siempre, incluso en su cubículo, eso te  da hasta rabia, porque las mañanas, frías por el aire acondicionado, son largas y desesperantes, porque la planta 17 se divide en espacios iguales, exactos, 46 cuadrados de escasos dos metros  que ocupan toda la planta y que,  vistos desde arriba, son como cajones o ratoneras para experimentar con vosotros, pobres ratitas blancas de ojos rojos,  y sin embargo a ella le encanta  porque es su mínimo espacio de dominio donde ella  dice “pasa” o “espera un poco que acabe esto tan importante” y luego cualquiera que pase se encuentra ya indefenso en su exiguo territorio.

Sentada frente a tu mesa de trabajo, tú cierras los ojos y a través de los párpados sientes los flashes de los cambios de pantalla del ordenador y se te ocurre que hay una cadena entre tu silla y la mesa, entre tu pierna, la mesa y el ordenador,  y piensas en antiguos puertos caribeños, en galeones negreros,  en bodegas insalubres divididas en compartimentos cuadrados donde se ordenan o se archivan 46 esclavos embutidos en sus sitios, ajenos a la existencia del cubículo vecino, compartiendo  silencio,  madrugadas frías  y el olor, un olor a almizcle y a madera húmeda que impregna paredes, techos y suelos que, en definitiva, forman ese hueco donde encajonar el cuerpo y el alma si es que aún sobrevive.

Nadie despierta de la pesadilla  porque despertar sería aún más doloroso, y ahí distingues a ese negro que acepta los grilletes sonriendo y te da hasta rabia, y también reconoces a ese otro  agarrándose a una vida que está hoy lejos y que quiere cantar, como tú, una melodía distinta, de cielos estrellados y tribu reunida alrededor de la hoguera.

Un golpe de grapadora te hace comprobar que los flashes de luz a través de tus párpados no son las llamas de la hoguera sino el programa de tu ordenador  que vas a tener que reiniciar. La canción de Toñita se extiende como bruma pesada mientras que tú te atrincheras para protegerte de la humedad densa, porque tu canción es diferente y tiene sabor a salitre, a brisa y a Blues.

Tú no eres Toñita. Miras tu teclado, retomas el programa. Tu garganta carraspea porque la torre de papeles sobre la mesa te produce una fuerte alergia.

 

Un día, absolutamente igual que los demás días, alguien entra en el cubículo de Toñita y se la lleva escoltada a la planta 18. Entra en el ascensor tarareando y cuando vuelve tiene una insignia en la solapa de su traje gris. Ahora Toñita es jefa de planta y os mira por encima del pladur con una sonrisa torcida y vosotros sentís esa mirada en la nuca y alrededor del cuello, como una soga. Ya no salen melodías trasnochadas de la boca de Toñita  ni se escucha más ritmo que el chasquido del látigo por los pasillos y el fuerte taconeo en la madera de cubierta porque el barco negrero ha arribado a puerto y se acabó el balanceo.

 

Doña Antonia  le llamáis ahora. Con mirada intimidatoria “¡trabaja, negro, trabaja y vive de tu sudor!” os dice sin música,  “¡mediocres!” os llama con desprecio, y solo ella, con los brazos cruzados, ostenta el poder absoluto sobre los 46 mínimos departamentos. Sus ojos escudriñan por encima de los muretes todo a su alrededor, porque ese es su trabajo: vigilar, controlar, chasquear el látigo.

Y otro día, no muy diferente a los demás días en la planta 17, Doña Antonia se pasea entre los cubículos con la barbilla levantada y al pasar por el número 31 se le corta la respiración, se viene abajo su estirado cuello y se lleva una mano al pecho. Cae retorciéndose en el pasillo, allí mismo, entre los cubículos 31 y 32, desde el suelo alza la otra mano pidiendo ayuda, o quizá intentando alcanzar las estrellas olvidadas. Luego, el silencio.  Toñita, con su traje gris y su insignia en la solapa, queda sobre el linóleo como un guiñapo abandonado. Apenas respira y aún huele a almizcle. Nadie levanta el teléfono para llamar a una ambulancia.

En el cubículo 31 alguien silba un Blues.

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